La imagen en algunas psicoterapias actuales y el psicoanálisis
Lo imaginario
El psicoanálisis nos muestra que, no hay nada más frágil en la dimensión de la realidad del hombre que lo imaginario. Este siempre es variable según las relaciones personales y la edad. Hay una cantidad considerable de imágenes que distinguen la razón social, estado civil o edad de las personas. Aquella que tiene plata, viste de manera distinguida y con ropa y accesorios originales, las personas solteras muestran más partes del cuerpo que las casadas y las personas ancianas no usan cosas llamativas y prefieren la comodidad. ¿Quién no ha discutido con otro al negarse a actuar de acuerdo a su edad según ciertas normas morales?
¡Oye!, Ya eres un viejo de 40. No puedes bailar así.
O, por otro lado, ¿a quién no se le ha reclamado comportarse según su estado civil?
Ya eres una mujer casada. No puedes gritar en las fiestas de esa manera.
La imagen, es un componente que depende de diferentes elementos que nunca están de acuerdo, pues, se alimenta del prejuicio individual o socialmente aceptable. “Cómo debe ser una persona”, es la pregunta que atraviesa toda opinión que intenta describir el aspecto físico o el comportamiento del otro. Ahora bien, al ser la imagen un elemento extremadamente manipulable, puede engañar. Se puede mostrar ostentar riqueza al vestir de una manera distinguida, ahuyentar a pretendientes al vestir recatado y mostrarse joven al ser extravagante, aunque las arrugas ya se asomen.
La imagen no sólo es frágil, también es engañosa.
El yo en los entrenamientos personales
Destacadas las características de fragilidad o inestabilidad y engaño de la imagen, pensemos en la propuesta de los entrenamientos personales o coaching de superación, que se sirven de la imagen como propuesta psicoterapéutica.
Tú eres buena persona; Tú mereces cosas buenas; Tú eres feliz y hoy será un gran día; Mereces recibir y dar amor… Éstas son algunas de las frases que encontramos en los entrenamientos o coaching personales. Sin embargo, estas frases que intentan construir una imagen personal más fuerte y resiliente son absolutamente descuidadas, pues, sólo basta una leve contradicción en la imagen personal que se intenta formar para que esta caiga desmoronada. Es suficiente una levísima interrogación sobre estas afirmaciones para que dejen de tener validez. ¿Qué es ser una buena persona? ¿Por qué merezco…?
En principio, el sostenimiento de estas imágenes se convierte en una justificación más o menos razonable de las acciones de cada persona. Se convierten en una construcción de la imagen personal a través de la asimilación de varios prejuicios; acciones simples que carecen de sentido o propósito.
Soy buena persona porque ayudó a los demás, aunque a veces falle.
Merezco felicidad y amor en mi vida porque soy una buena persona con los demás.
La persona debe repetirse estas verdades, asimismo, quizá, frente al espejo o, al menos, en voz alta. La repetición es la pieza clave para que funcione esta nueva “reestructuración neuronal”. Es importante señalar que, la persona se ha creado o tiene una imagen de sí misma diferente a la que se intenta reeducar. Si la repetición es necesaria para el efecto de cambio y posterior fortalecimiento de la imagen personal, podemos adelantar dos conclusiones de esta práctica psicoterapéutica: 1) La primera imagen a cambiar o desmontar es una fuertemente construida. 2) La reestructuración neuronal o reeducación cognitiva se asemeja mucho a un engaño; el mismo imperativo en este tipo de psicoterapia lo indica: Debes convencerte.
El problema del ser
Al destilar un poco más las conclusiones del entrenamiento personal, se llega a un problema milenario, a saber, el problema del ser. Yo soy, es el estado filosófico y personal que se intenta modificar en la repetición del cambio de la imagen personal.
Cambiar la manera en la que se ve una persona debe llegar, en esencia, a su ser. De lo contrario, el engaño no sería más que un burdo y superficial descaro. Si la imagen engaña por sí misma, cambiar sólo el exterior no haría que una persona cambie su forma de pensar o actuar. Como dice el dicho: el burro, aunque se vista de seda, burro se queda.
Para llegar al punto de la modificación o “reestructuración” del ser, el coaching ha visto la necesidad de crear y sostener un Otro. Grosso modo, este Otro es la caracterización o representación del discurso de la crianza o el sistema que ha creado el ser y, por tanto, la imagen de una persona, de sí misma.
En este sentido, el psicoanálisis lleva muchísima ventaja teórica y práctica al respecto. Por un lado, el tratamiento o forma de pensar el Otro desde el coaching es uno malvado o impotente. Podemos escuchar de muchos de estos entrenamientos personales, culpabilizar al sistema. Ya sea el sistema financiero, o el sistema educativo, o el laboral, entre otros, es el culpable de la fabricación de una imagen personal “cobarde”, “temerosas”, “perezosa”, “de baja autoestima”, en el que es importante tener al individuo con esta imagen para que “no salga adelante”. El deber, y tal vez obligación, de toda persona es separarse, distanciarse y cortar con este tipo de sistema para poder cambiar.
Un abordaje más tranquilo de este tipo de coaching apunta a un Otro impotente. Hace unos pocos años, el discurso del entrenamiento personal ha decidido tomar un enfoque más práctico al asimilar el enfoque de la baja autoestima, los problemas de autopercepción y falta de afecto al abordar la incapacidad por parte de los padres para resolver y evitar este tipo de conflictos internos en sus hijos. Así, los cuidadores o criadores fueron sujetos que, por no saber cómo transmitir seguridad, dar amor y reafirmar las acciones y pensamientos positivos, no pudieron ayudar a las siguientes generaciones, la actual generación que adolece por la falta de una imagen menos frágil y más resiliente.
Este Otro impotente, es el culpable de estas falencias personales, pero, es justificable, hasta el punto de perdonar su falta, por no saber cómo hacerlo en su momento. El Otro en esta forma de intervención psicoterapéutica del coaching o crecimiento personal, es uno que no sabe cómo hacer las cosas, pero, aún con este desconocimiento, debe ser cuidado y protegido. A este Otro es necesario enseñarle, reeducarlo.
Sin embargo, este reconocimiento de la falta sin más propicia el resentimiento. La búsqueda de la falta y la falla de la enseñanza y la crianza se convierte en una carga generacional, en una misión de buscar al primero que no supo cómo hacer bien las cosas. El perdón se vuelve una forma de encontrar las faltas de cada una de las generaciones familiares y sus consecuencias en la imagen personal de los integrantes y sus descendencias, el perdón se transforma en una designación de la culpa e indiferencia frente a la responsabilidad.
Yo soy así, porque mis padres, o cualquiera de los otros sistemas, me criaron y educaron de tal manera.
La importancia de la falta en el deseo
El psicoanálisis tiene una propuesta que va más allá de esta idea práctica de psicoterapia. Todo sujeto hablante, puede encontrar, con cierta facilidad, lo que les faltó a sus padres hacer, decir o pensar para darles una mejor crianza o enseñanza de vida. Es importante reconocer la o las faltas del Otro o los padres. Sin embargo, este reconocimiento no sólo es terapéutico, es lógico.
El Otro, cualquiera que sea su concepción o caracterización, está siempre en falta. No hay manera de que tenga o contenga todo y, realmente, esto es del todo positivo, pues, de no ser así, no habría espacio para el deseo. Para desear algo, eso debe faltar. Por tanto, para que haya lugar al deseo subjetivo, el Otro debe estar en falta. Esta compleja estructuración de la relación del sujeto con el discurso es una teorización imposible para la psicoterapia del coaching y de otras teorías psicológicas.
Una de tantas posibilidades que encontramos por medio y a través del psicoanálisis es analizar el discurso y establecer las consecuencias subjetivas que contienen y, con esto, poder encontrar un lugar y tomar posición dentro de estas consecuencias de manera subjetiva. Más allá de reconocer la falta de los padres y perdonarlos, es preciso establecer qué motivaciones esconden o impulsan estas fallas en ellos y de esta manera saber cómo responder a estos deseos.
Con esto, entendemos que, al final, o al principio de todo proceso psicoterapéutico analítico, la imagen malograda del sujeto es una respuesta fallida de las faltas del Otro. El lugar teórico del inconsciente permite abrir un campo a este tipo de saber que una persona no sabe conscientemente. Más aún, intentar engañar con una imagen superficial o “vestido de seda” que se distancia del ser, es una muestra clara del intento por cumplir los deseos inconscientes de un Otro. De cualquier manera, la imagen sigue siendo frágil, fácilmente desmontable y, otras veces, difícil de desmentir por una gran y profunda dependencia a un Otro doliente, a Otro que debe ser protegido.
La imagen, aunque alejada de la verdad y absolutamente falsa, logra proteger, no sólo al Otro, también al individuo del dolor de evidenciar la incompletud. Otras veces, esta imagen logra cobrar tanta importancia en la vida de alguien, que lo aleja del deseo, de la oportunidad de darle un sentido más original a su vida. Es posible que, en cualquiera de estas posibilidades no se halle, de manera evidente, un malestar. La época actual nos muestra e incentiva el engaño y la superficialidad por sobre la curiosidad y el sostenimiento de la pregunta.
Es así que, el trabajo del psicoanálisis está en advertir estas problemáticas y entrar a intervenir en el momento en el que el sujeto encuentra malestar en el engaño y lo transforma en una denuncia del discurso. Luego, es trabajo del psicoanalista evidenciar y dar lugar al deseo del Otro y, por tanto, al deseo subjetivo (de)mostrando que la falta no sólo ha sido negativa sino importante para permitir un cambio en la imagen y percepción personal. Parafraseando la idea de Lacan en la relación entre verdad y ficción diríamos:
Toda mentira esconde una verdad.
Referencias
Izcovich, L. (2005). La depresión en la modernidad. Medellín, Colombia: editorial Universidad Pontificia bolivariana.
Lacan, J. (1958). La dirección de la cura y los principios de su poder. Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI.
Lacan, J. (1959-1960). Libro 7: La ética del psicoanálisis. Buenos Aires, Argentina: Paidós.
Lacan, J. (1960). Observación sobre el informe de Daniel Lagache «Psicoanálisis y estructura de la personalidad». En J. Lacan, Escritos I y II (págs. 627-664). Ciudad de México, México: Siglo veintiuno editores.
Lacan, J. (1960). Subversión del sujeto y dialéctica del deseo. En J. Lacan, Escritos 2 (2009 ed., págs. 728-787). Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI.
Lacan, J. (1963). Kant con Sade. En J. Lacan, Escritos 2 (2009 ed., págs. 727-754). Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI.







