¿Tu cerebro es tuyo?

Las neurociencias son un campo de la medicina que ha tomado fuerza la última década junto con el avance de la tecnología, ha permitido escudriñar los rincones del cerebro humano. A la par, varias disciplinas han usado tales descubrimientos sobre la fisiología y morfología neuronal y cerebral para ampliar sus postulados o apoyar sus ideas.

Por un lado, la psicología se sumó al grupo de ciencias que promovieron sus terapéuticas en favor de seguir los resultados positivos de las neurociencias al implementar técnicas que favorecen la manipulación indirecta de neurotransmisores con la promoción del yoga para controlar la respiración y frecuentar la meditación con el objetivo de reducir el estrés y posibilitar un flujo de pensamientos más reducido y enfocado.

Por otro lado, un uso menos sistemático y común, en el sentido popular del término, usa actualmente las neurociencias para buscar acciones que den los resultados positivos de las neurociencias, también, con el uso de técnicas de relajación y meditación. Sin embargo, carecen de un acompañamiento psicológico, pues, su implementación sigue una línea de consejería y opiniones. Su “evidencia” gira en torno a frases propias como: a mí me sirvió. La base científica de esta posición personal sigue la misma línea de las neurociencias en cuanto a los resultados, pero, siendo testigos en carne propia, sus propios conejillos de indias, descuidando el seguimiento pertinente para verificar tales afirmaciones.

Aquí podemos encontrar una falla muy grande y grave dentro del frágil sistema de método científico que denunció y criticó en su momento Foucault que se maneja en la actualidad, pues, la observación es la única herramienta de planteamiento de problemas, seguimiento de intervención y aceptación de resultados. Brevemente, se ha hecho de la mirada el único método e instrumento para detectar los problemas que, para nuestro interés, en la salud mental siempre son diversos y engañosos. Cuando observamos el lugar tridimensional que posiblemente ocupa las preocupaciones del doliente o paciente, estas siempre se escabullen, realmente, hacia otras dimensiones que desconoce la persona, ya que, no son objeto de su mirada. Si como terapeutas no dejamos de lado la mirada como único instrumento de evaluación y tomamos una posición ética como Freud al decir “ya no creo en mi paciente”, será difícil no ser parte de las personas que usan la ciencia para apoyar sus ideas y filosofía y engrosar una posición individualista.

Es pertinente retomar una postura epistemológica para poder detectar las consecuencias lógicas de los postulados o tesis en la problemática que se intenta solucionar y el retroceso de sus efectos; es decir, imagínese que la tesis expuesta es una piedra lanzada a un estanque, las olas que se producen como efecto son sus consecuencias, sin embargo, estas ondas tienen un efecto de retorno, pues, siempre hay límites dentro de este universo que se afectó, así, las olas no solamente van en una dirección, también se devuelven.

Para evidenciar tales consecuencias dentro del fenómeno expuesto y añadir un poco de lo que carece el método científico actual, a saber, teoría, propongo que escuchemos los señalamientos sobre la comprensión de la división más o menos cartesiana que se produce al hacer uso de las evidencias de las neurociencias.

Para comenzar, ubiquemos la división que hace el ser humano sobre mente y cuerpo. En 1637, gracias a René Descartes el mundo filosófico y científico cambió en su totalidad al postular una de sus máximas: pienso luego existo. Desde entonces, la seguridad de la existencia no se sostenía en lo material como el cuerpo sino en la conciencia del pensamiento. Esta no fue una simple piedrita lanzada un estanque, fue un meteorito que terraformó todo el ambiente. Las modificaciones que realizó siguen vigentes hoy en día. Uno de esos cambios se presentó en la concepción del sujeto como objeto de estudio de las ciencias de la salud mental. El cogito cartesiano permitió pensar que, algunas afectaciones de las que padece el ser humano no es tan solamente en el cuerpo sino en su mente, pues, su existencia está atravesada por la conciencia de su malestar.

A veces podemos escuchar expresiones tales como: lo que me pasa sólo está en mi mente; debo dejar de pensar tanto porque es lo que está afectando mi… digestión, piel, cabello, comunicación con los demás, etc.; no hago o intento hacer X porque me imagino que algo malo va a pasar; entre otras expresiones, que muestran la manera en la que las personas dividen su existencia entre lo que hacen y lo que piensan, entre su cuerpo y su mente.

dividen su existencia entre lo que hacen y lo que piensan, entre su cuerpo y su mente.

Lo interesante y curioso, porque todo esto lo es, es que la palabra mente ha tomado diferentes concepciones a lo largo de la historia y dependiendo del postulado, no teoría, en la cual se sostiene para señalar o especificar la división cartesiana. Se ha mencionado las emociones como las causantes que pueden afectar de manera positiva y negativa el cuerpo. A los planetas y sus movimientos que afectan el destino físico de las personas. Y de manera inversa, la actividad física, la ingesta de ciertos alimentos, así como el uso de diferentes químicos de uso cotidiano y por supuesto industrial, modifican la mente. Últimamente, todas estas tesis usan y se sostienen en las neurociencias para dar una impresión científica y dar a sus oyentes u observadores tranquilidad y confianza. Ahora, la mente pasó a ser el cerebro, un movimiento terminológico que no sorprende, pero, establece una relación más directa con lo que se intenta alcanzar, a saber, credibilidad.

Un ejemplo más reciente de esta moda científica se encuentra en la tendencia del “ayuno de dopamina”. Las evidencias de las neurociencias han mostrado que el uso excesivo del consumo de contenido breve, principalmente, de las redes sociales, afecta el funcionamiento neuronal, pues, produce ¡placer!, y hace que el individuo no deje de consumir. El “ayuno de dopamina” propone que se debe privar al cerebro de este bombardeo de neurotransmisores que producen placer para evitar el uso excesivo del consumo de redes sociales y, por tanto, de aparatos electrónicos[1]. Pero ¿por qué esto es malo? En resumen, las explicaciones de la problematización de esta conducta conducen a la baja producción y relacionamiento del individuo en su entorno. Para ponerlo en una frase: alguien metido en el celular todo el día, no le sirve a la sociedad.

Además de esta evidente consecuencia lógica que es denunciada sin sobra en varios trabajos académicos que propone e incentiva el psicoanálisis, se encuentra otra consecuencia que se encamina hacia la pérdida de control a la que conduce el sostenimiento de la división cartesiana en la tendencia de la comprensión irresponsable del cerebro humano.

Pongamos en diferentes frases la mezcla del cogito cartesiano y la tendencia de lo cerebral en la cotidianidad: debo dejar de estar tanto tiempo en el celular para que mi cerebro se desintoxique; mi cerebro siempre piensa en las cosas negativas, debo encontrar maneras de distraerlo; debo engañar a mi cerebro haciéndole creer que está comiendo algo rico para que yo pueda comer algo saludable; mi cerebro es muy susceptible a distraerse, debo encontrar formas de hacer que se concentre en lo que yo quiero hacer, como estudiar o ver una película con mi pareja; en mi cerebro hay mucho ruido, muchas imágenes, muchas voces, debo relajarlo, debo reducir sus niveles de ansiedad aumentando los niveles de dopamina y disminuyendo los excesos de serotonina y noradrenalina; etc.

La moda de hablar sin un saber ético del cerebro ha llevado a la división mente-cuerpo al extremo de perder toda relación comunicativa directa con su contraparte y pasar a una supeditación completa de los caprichos orgánicos de una masa insensible que controla a sus anchas al títere que tiene como cuerpo. Ahora, la persona debe educar a su cerebro, pues, es un niño que sólo quiere un exceso de placer constante; no hace caso a las órdenes que da el adulto responsable; la persona esta pérdida si no condiciona y controla su cerebro.

Es preciso resaltar la terciarización que, en varios textos intento siempre señalar, se establece en esta lógica: la persona, el cerebro y el cuerpo. Estos tres elementos están en constante conflicto y el principal objetivo de las terapéuticas científicas y consejerías como las del coaching y los influencers es su armonización y sana convivencia. No obstante, dentro de esta conciliación, tiene más voz, voto y prelación el cerebro; es el genio maligno que Descartes temió en su discurso.

Las personas creen que la solución a sus malestares en el elemento tríptico persona está en encontrar la solución más directa que influya en su cerebro y afecte de manera positiva a su cuerpo. Los logros, las relaciones interpersonales, están sujetas a la manera en la que el cerebro interpreta la realidad separada del deseo personal. Esto, al parecer, no le interesa al cerebro. Es un órgano que funciona, al igual que todos los órganos del cuerpo, cumplen con una función específica, aun cuando la persona tenga un mal hábito alimenticio y un régimen de actividad reducido. El llamado “mal funcionamiento” que se dice encontrar en el cerebro, sólo es la percepción de la persona que quiere que su cerebro actúe en consecuencia a los deseos personales. Por tanto, si el cerebro tiene un mal funcionamiento, esto afecta de manera negativa al cuerpo, haciéndolo hacer cosas o reaccionar de una manera que no quiere la persona.

Es evidente la manera en la que la ciencia penetra la cotidianidad de las personas. No se debe ser científico o tener una relación directa con el laboratorio para escuchar cómo en el diario vivir se aprehende de los avances para tener un beneficio. Esta aprehensión no solamente es para su comprensión, también modifica la percepción de la realidad. Un cambio puede escucharse en la forma en la que sujetos perdieron de vista el enigma que se presentaba en su cotidianidad cuando expresaban frases como: mi inconsciente me traicionó; cuando estaba con X persona, estaba pensando en otra cosa; mientras comía, recordé algo que me quitó el apetito; me he dado cuenta que no puedo estar sexualmente con una persona si antes no…; entre otras frases que dejaban una necesaria e inevitable curiosidad e interés que sentenciaba con una simple pregunta al final: ¿por qué será?

Al igual que una incógnita matemática, esta pregunta demanda respuestas, ¡sentido! Abre las puertas a escuchar y pensar el inconsciente. A diferencia de la seguridad del “mal funcionamiento del cerebro”, en la que se tiene la certeza, indirecta, de un alto o bajo nivel de algún neurotransmisor, el inconsciente amplía el campo para buscar respuestas particulares, claridades que deben atravesar una pregunta planteada de diferentes y variadas formas y maneras. Al respecto, esta consecuencia lógica que conduce a pensar el inconsciente como enigmático nos lleva inevitablemente a encontrar que este espacio abstracto de lenguaje es incompleto, es decir, tiene una falla original que permite justamente su existencia. Es decir, no puede haber alguna pregunta que tenga antes ya una respuesta fija; las respuestas que se encuentran en el sustento de las neurociencias no son tales, ya que son certezas que no iniciaron con una pregunta particular, su origen fue netamente el funcionamiento del cerebro. De esta manera, inconsciente no puede ubicarse en un espacio tridimensional, pues, está en el espacio que divide al sujeto, a saber, en la división que propuso Descartes. Una verdad que estructuró Lacan en su seminario 11.

Establecer que el inconsciente se encuentra siempre en incompletud y en un espacio abstracto entre la división que tiene el sujeto en la intersección de mente y cuerpo, pone a la escucha analítica en una relación distante a la tiranía que se escabulle y solapa en la terapéutica y consejería que forcluye, rechaza, al sujeto para dar prioridad a la modificación y control de lo cerebral.

Como conclusión, los avances científicos de las neurociencias no deben ser usadas de manera indiscriminada. Como vimos en este pequeño recorrido sus consecuencias epistemológicas pueden ser graves, así como dañinas. El descubrimiento del funcionamiento y estructuración morfológica del órgano encefálico no debe rechazar las incógnitas e inquietudes que despierta cualquier malestar de manera subjetiva y particular, ya que, a través de estas preguntas se encuentran verdades que permiten a las personas encontrar un sentido a sus pensamientos y acciones y seguir su propio deseo atendiendo a su deseo inconsciente. De lo contrario, el sujeto víctima de ese tirano Otro que es su propio cerebro.

[1] Para ampliar más información al respecto del término «ayuno de dopamina» puede verse el siguiente vídeo. Aprovechamos la investigación que hace la creadora de contenido sin adherirnos o apoyar los consejos terapéuticos que manifiesta al final del video, pues, hacen parte de la postura científica que denunciamos frente al uso descuidado de los resultados de las neurociencias. No obstante, apoyamos las reflexiones frente al posible uso de la información de manera ética que proviene de algunas redes sociales como este canal de YouTube y otros, que divulgan la ciencia de manera responsable.

Referencias

Descartes, R. (2012). Discurso del método. Madrid, España: Editorial Gredos.

Eildesztein, A. (2000). Las estructuras clínicas a partir de Lacan Volumen I. Buenos Aires, Argentina: Letra viva.

Freud, S. (1910 [1909]). Cinco conferencias sobre psicoanálisis (Vol. XI). Buenos Aires, Argentina: Amorrortu Editores.

Freud, S. (21 de septiembre de 1897). Carta 69. En S. Freud, Sigmund Freud Obras Completas (Vol. I, págs. 301-302). Buenos Aires, Argentina: Amorrortu editores.

Lacan, J. (1964). Seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidos.