El destino y el sentido de la vida
En cualquier momento de la vida, una o varias veces, en algunos niños, adolescentes y muchos adultos, se cuestiona sobre el propósito de la vida. Surgen preguntas “existenciales” tales como: ¿qué hago con mi vida? ¿Hacia dónde debo ir? ¿Qué debo hacer? Estas cuestiones suelen estar acompañadas por una sensación de profunda tristeza o depresión, un temor casi irracional de experimentar un abandono que no ha ocurrido que es acompañado por una demanda, aunque silenciosa, que grita por ayuda.
No obstante, es preciso ubicar estas preguntas en un momento determinado que podrían enmarcarse en 3 posibles circunstancias. La primera de ellas se encuentra cuando una persona vive o experimenta la pérdida causada por factores externos o terceros como en la pérdida del empleo, el fallecimiento de un familiar o un desastre natural. Es normal que la “crisis existencial” surja en un momento en el que la pérdida sucede de manera imprevista y deja a la persona expuesta a la incertidumbre de su propia seguridad o la de los que más ama.
Otro momento más o menos circunstancial que aísla la psicología, señala que gran parte de estas experiencias de “crisis existenciales” son producto del sostenimiento de estereotipos o exigencias culturales o sociales. Tales condiciones se fueron trasladando a la edad como principal fuente o causa de crisis. Sucede cuando una persona se angustia o teme de las diferentes creencias o imperativos asignados en el paso o atravesamiento de un ciclo madurativo o evolutivo. Estos prejuicios son, generalmente, limitantes o coercitivos como por ejemplo pasar de la adolescencia a la vida adulta, en el que la persona piensa que ya no debería o no tiene permitido hacer ciertas actividades; popularmente se conoce como la “crisis de la vida o responsabilidades de adulto”, o se puede encontrar la crisis del paso paso que hay entre la vida de adulto y la cercana a la tercera edad como la “crisis de los 40”; que se encuentra comúnmente en hombres en los que, a diferencia de la anterior crisis, siguen haciendo actividades que físicamente no pueden realizar o que socialmente se ven mal en cuanto a su vestimenta o en compras.
Como se ve, las llamadas “crisis existenciales”, surgen cuando la pérdida es inevitable y, por tanto, es necesario una reconsideración de la vida que se tenía antes y la manera en la que hay que vivirla ahora. Aun cuando esta pérdida es producto de prejuicios o imperativos sociales, es sentida en cualquier persona como una afectación a su narcisismo, a la manera en la que se percibe.
Pero, es posible aislar otro tipo de crisis gracias al psicoanálisis. El interrogante existencial que pensaremos en esta breve reflexión surge de manera imprevista en la propia persona que lo experimenta y las demás personas que lo observan. Abramos el espacio para pensar la “crisis existencial” cuando una persona tiene una estabilidad en su vida o, al menos, con problemas o inconvenientes no difíciles de solucionar o tratar. Es una crisis que no tiene justificación, en la que sobran las ideas de cercanos o terceros para señalarle a la persona deprimida lo buena o beneficiosa que es su vida. Sin embargo, la apatía o desinterés por las actividades que se disfrutaban es invariable.
Les propongo que pensemos este tipo de crisis con una película maravillosa, en la que los personajes están muy bien trabajados y sus actuaciones son incomparables. Hablemos de la película de Forrest Gump y el personaje del Teniente Dan Taylor.
El Teniente Dan
Se presenta el Teniente Dan Taylor como el comandante del 4º pelotón en la guerra de Vietnam, al que llega agregado el entonces soldado Forrest Gump. La primera impresión del teniente es la de ser un hombre que está siempre alerta de las posibles acciones del enemigo en el lugar que “está lleno de francotiradores y les encantaría matar a un oficial”. A ojos de Forrest era alguien que conocía su oficio y era una suerte tenerlo como jefe.
Sin embargo, más allá de su personalidad más o menos justificable debido al lugar y condiciones en las que estaba, el punto clave de este personaje y su posterior cambio está en su historia familiar que nos la describe Forrest de la siguiente manera:
“Venía de una larga tradición militar. Alguien en su familia había luchado y muerto en todas y cada una de las guerras norteamericanas. Podría decirse que tenía mucho que demostrar”. Esta es la línea del doblaje latinoamericano de la película. Pero, la última frase de esta parte del guion, en la traducción del diálogo original nos dice: “Supongo que tenía que seguir la tradición”.
Después de 4 meses de patrullaje en el que cayó “todo tipo de lluvia” el Teniente Dan y su 4º pelotón se encontraron en una emboscada. Luego de numerosas bajas, el Teniente Dan Taylor decidió dar la orden de retirada. La icónica frase “¡corre Forrest, corre!” se escucha por primera vez, y al llegar cerca de la costa el soldado Gump se da cuenta que no está con su “muy mejor amigo”. Al regresar para encontrarlo, todavía entre el fuego cruzado, se topa con varios de sus compañeros malheridos y otros fallecidos. A todos ellos los llevó a la costa al igual que al Teniente Dan, quien no podía caminar debido a varios impactos que había sufrido en sus piernas.
En el encuentro con el Teniente Dan Taylor, éste se encontraba dando instrucciones para solicitar un bombardeo en la zona. Las coordenadas que estaba intentando dar eran las del lugar en donde se hallaba. Mientras Forrest Gump le retiraba de su cuerpo los arneses y demás elementos que pesaban, el Teniente Dan le ordenaba que lo dejara ahí y se fuera sin él, pero, Forrest lo cargó al igual que a los demás mientras el teniente, impotente, seguía gritando su orden añadiendo “No puedo dejar a mi pelotón”.
Ya en la costa, le gritó a Forrest Gump “Yo no te pedí que me sacarás de ahí”. De vuelta en la selva, intentando buscar a su amigo Bubba, Forrest Gump por fin lo encontró, lamentablemente, agonizando. Cuando se encontraban a salvo en la costa, su “muy mejor amigo” falleció.
Se vuelve a ver al Teniente Dan en el hospital sin ambas piernas. Ahora, con un semblante de tristeza y, probablemente, anhedonia cómo se logra ver en varias escenas en las que no quería participar o comer. Toda la autoridad que demostraba antes había desaparecido y una noche, lleno de ira y decepción, enfrentó a Forrest diciéndole:
Escucha. Todos tenemos un destino. No pasa nada si todo forma parte de un plan. ¡Yo debí haber muerto allí con mis hombres! Pero ahora no soy más que un maldito inválido. Un cojo espantoso. Mira, mírame. ¿Te das cuenta lo que es no poder usar las piernas? ¿Me escuchaste? Me robaste mi destino. Yo tenía un destino. ¡Debería haber muerto en el campo de batalla! ¡Con honor! Y tú me lo robaste. ¿Sabes lo que estoy hablando, Gump? Esto no tenía que haber pasado. No a mí. Yo tenía un destino. Yo era el Teniente Dan Taylor. Mírame. Qué voy a hacer ahora. ¿Qué voy a hacer ahora?
La pérdida del destino
Es válido preguntarse por qué el Teniente Dan entró en un estado de “crisis existencial”. En primer lugar, no hay que descuidar su estado físico de amputación. Una pérdida de varias partes de su cuerpo que modifican y alteran la percepción propia de su cuerpo, al igual que la manera en la que se muestra frente a los demás, es decir, un teniente con grandes capacidades físicas que pueden responder frente a los diferentes sucesos.
Sin embargo, pesa más su insistencia en reclamarle a Forrest Gump el robo de su destino, uno que ya había señalado, debía cumplir, a saber, morir en el campo de batalla. El destino del Teniente Dan Taylor era la de continuar la tradición familiar de pelear en una gran guerra y morir en ella.
Sobrevivir no era una buena noticia. Poder continuar con su vida luego de enfrentarse a un violento encuentro en el que perdió varios de los soldados a su cargo, significándole, probablemente, un reconocimiento por su esfuerzo y valentía al igual que una considerable indemnización, no lo consideraba algo positivo o, por lo menos, rescatable de su experiencia. Para el teniente, su vida terminó ahí, ya que no podía continuar después de eso. La meta, un sinónimo de lo que se llama destino, concluía en el campo de batalla.
Pero, es preciso aclarar que la así llamada “crisis existencial” del Teniente Dan Taylor no es igual a las otras crisis antes expuestas. Aunque la pérdida sigue estando presente en todos los casos, aquí la pérdida se hace más evidente en otro lugar, en el psicoanálisis lacaniano se le llama el gran otro u Otro.
Esta noción y lugar teorizado por Jacques Lacan nos permite ubicar el aquí llamado destino en la vida de un sujeto. En el Otro están, entre otras condiciones, las determinaciones significantes que tiene una persona en su existencia. En otras palabras, en el gran otro están aquellas palabras que estructuran las bases en lo que se levanta eso que solemos llamar percepción de la vida y destino. En el Teniente Dan es bastante explícito.
No obstante, en principio puede verse que no hay manera de escapar a tales determinaciones lingüísticas sobre la vida de cada persona. Habría que cumplir, se quiera o no, con lo que el gran otro ha dicho sin saberlo. Pero, una pregunta que surge rápidamente en análisis, cuando se cuestiona sobre el destino, los malestares que invaden y dificultan el vivir, apunta al papel que se cumple en este supuesto destino. Una manera de expresar lo que Lacan encontró sobre el deseo podría plantearse en forma de pregunta de la siguiente manera: ¿por qué el Otro quiere que cumpla ESE destino?
Esta es una pregunta que tiende a resolverse de manera romántica al pensar, y soñar, que el gran otro “me necesita”. Así, se sigue justificando una vida que puede tener muchos o pocos sufrimientos, una vida en la que el único sacrificio está del lado del sujeto. Al respecto, Sigmund Freud señaló que el sujeto está dispuesto a sacrificarse lo suficiente y más para no ver o negar una verdad absoluta: la falla o vacío en el padre. Una verdad que extendió Lacan al lugar del Otro.
De manera que, eso que llamamos destino es una de tantas respuestas que hay para llenar el vacío que estructuralmente está en el gran otro. Una de tantas maneras de ocupar un lugar en la historia familiar, la cultura y la sociedad que el sujeto se obliga a hacerse para pertenecer. El inconveniente no se haya en esta forma de proceder sino en hacer del destino una obturación tan sólida que, al romperse, no haya manera de soportar la angustia de un deseo que no tiene respuesta.










