¿De qué se habla en un análisis?

Uno de los primeros descubrimientos por medio del psicoanálisis fue la importancia que tiene la palabra sobre la naturaleza reflexiva e interactiva del hombre en su entorno.

La palabra, como creadora nominal de la historia propia del ser humano, es uno de los recursos más evidentes que lo diferencian del animal que no habla. En otras palabras, el mundo que crea una persona de su entorno y su historia se caracteriza por la manera en la que nombra las cosas, las historias, sus vivencias.

Este descubrimiento y enseñanza de Freud da al psicoanálisis su fuerza y fundamento práctico y teórico. Sin embargo, para poder encontrar esas palabras que dominan de una manera particular la creación del mundo subjetivo, ¡para poder escuchar el inconsciente!, Freud, gracias a una de las primeras pacientes que atendió, se percató de que es preciso poder darle el espacio a una persona para que hable, ¿de qué? De lo primero que se le venga a la mente.

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Quiero hablar con alguien.

Esta solicitud o demanda que le realiza el analista a su analízante, es la regla fundamental que se pide respetar hasta el fin del análisis. Así, dejar hablar a una persona de lo primero que pase por su mente, aunque lo que diga, quizá en principio, no tenga relación con el problema o situación por el que acude, o, por otra parte, que ello sea vergonzoso, que no desee decirlo por los imperativos morales de crianza o de la sociedad, o que, también, sea lo suficientemente doloroso para no querer decirlo en voz alta, ¡es importante que lo diga! Todo por cuanto piense, debe decirlo.

El psicoanálisis abre un espacio de escucha que se resiste a la rapidez con la que en la actual época somete el pensamiento de las personas y las empuja sobre las actividades del consumo y la producción incesante. Tal resistencia comienza por establecer, desde el principio y decisión de entrar en análisis, que el tiempo para desentrañar la lógica hecha de palabras que sostiene la posición subjetiva dentro de su historia familiar, no depende de la suma de diferentes encuentros por sesiones, sino de la sorpresa que llega de manera inesperada en la escucha reflexiva de las palabras. Tal sorpresa no puede darse si no se vence la limitación por poder y querer hablar de lo que se desea.